El desperdicio alimentario ha sido siempre una de las asignaturas pendientes en todo el mundo y aunque poco a poco se ha ido ganando más concienciación en la sociedad, todavía queda mucho por hacer. Así lo demuestran los últimos datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que recogen que un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial se desperdicia cada año, o lo que es lo mismo, alrededor de 1.300 millones de toneladas.
En el caso de España y según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, solo en los hogares se tiraron a la basura 1,3 millones de toneladas de alimentos en el año 2023. Una cifra que se traduce en una media de 27 kilos desperdiciados por persona y que ha obligado a tomar medidas. Es más, ese desperdicio se pretende reducir al 50% con la nueva Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario.
Entre los países que persiguen un consumo más responsable para reducir sus cifras de desaprovechamiento, también encontramos a Singapur, donde se estima que el desperdicio anual de alimentos ronda las 750.000 toneladas, o a Israel, donde se desaprovecha el 38% de la producción total de alimentos.
Además de apostar por una normativa que limite el desaprovechamiento de comida y en favor de la donación, los últimos países mencionados producen y comercializan ya carne cultivada, una alternativa que también contribuye a reducir la huella ecológica y la magnitud de esta problemática.
Impacto económico y social
El gesto de tirar comida al cubo de la basura también implica un impacto económico. Supone una pérdida económica global de aproximadamente 728.000 millones de euros al año, considerando los recursos materiales, humanos y técnicos empleados en la producción de alimentos que finalmente no se consumen.
Además, la pérdida de alimentos tiene como consecuencia un impacto social directo. Limita la capacidad de alimentar de manera sostenible a una población en crecimiento.
La carne cultivada como aliada frente al desperdicio de alimentos
La carne cultivada no solo representa un avance tecnológico sino que también puede jugar un papel clave en reducir el desperdicio.
-Producción controlada: Al cultivarse en entornos controlados, este tipo de carne permite una producción precisa y ajustada a la demanda, minimizando excedentes y evitando que los alimentos se tiren a la basura.
-Mayor vida útil: Las condiciones estériles del proceso de producción de la carne cultivada ofrecen un menor riesgo de contaminación por patógenos, y por tanto una vida útil potencialmente más larga.
Al integrar esta alternativa en el sistema alimentario, es posible lograr una cadena de producción eficiente y segura.